jueves, 28 de agosto de 2014

Rayuela y yo.


     
 Mi historia con Rayuela para mí es muy hermosa. Empezó allá por el 2005 creo, cuando me fui de vacaciones con una amiga a Bariloche. Ella se compró el libro en un kiosko, era una edición que venía con un diario. Era re gordo. Para mí un libro “inleíble” pero veía que ella lo disfrutaba, me había leído alguna que otra parte durante las vacaciones pero creo que yo aún leía solo policiales -o no- pero estaba claro que no estaba lista para Rayuela.
Al año siguiente, me voy a Europa de vacaciones e iba a ir a París. Seguía sin leer Rayuela, pero mi amiga (la que lo había leído en las vacaciones) me pidió un favor: que vaya a la tumba de Julio Cortázar y le deje algo. En ese momento ella decía que yo era su pulmón, entonces me hizo un dibujo de pulmón para que me lleve de viaje (me iba por un mes y para nosotras eso era un montón). En el pulmón me había escrito frases que usábamos todo el tiempo para que no la extrañara y la llevara conmigo. Fui a París y cumplí mi cometido. No sabía bien qué tenía que ver ese hombre argentino con París, cuán importante era, no imaginaba cuán importante sería luego haber tenido el honor de visitar su tumba y dejar mi “pulmoncito” ahí. Me costó un montón encontrar la tumba. Pero llegué. Estaba llena de regalos, monedas y sobre su nombre estaba el de Carol Dunlop, su última mujer (y a quien luego yo conocería a través de “Los autonautas de la cosmopista”). Saqué fotos, me guardé el momento, la imagen, la desesperación de no encontrar la tumba hondo, bien hondo en el corazón. Parece que fuera hoy, con este día de frío gélido igual que aquel: sacarme los guantes para agarrar el pulmón y que se me congelen las manitos, agarrar monedas de un peso y ponerlas arriba del pulmón dibujado sobre la tumba de Cortázar para que no se vuele y pensar en ella. En cuán feliz la estaba haciendo con eso y en cuán feliz ella me hacía haciéndome hacer esas cosas de tinte romántico que me hacían quererla aun más.
Pero eso no fue todo. Tres años más tarde de Bariloche y uno de París, un chico me regala por e-mail un capítulo de Rayuela, el capítulo siete para ser más precisa. Y casi me desmayo, ahí redonda frente a la pantalla:
“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca entreabierta, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
                Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se  miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.” (Rayuela, cap. 7)
          No creía que Rayuela tuviera escritas estas palabras. Para mí Rayuela era otra cosa. Una hora después de recibir esto creo que estaba en la librería comprando el libro. También un poco después estaba contestando ese mensaje, ese e-mail. Nunca me habían regalado tan lindas palabras. El chico no estaba en el país con lo cual manteníamos una relación por chat o skype. Nos empezamos a acompañar en la lectura y a conocer a través de la lectura. Rayuela se puede leer de dos maneras: de corrido (de esta manera solo leés 56 capítulos) o salteado (el libro te va llevando por los diferentes capítulos que terminan siendo como ciento y algo y leés el libro completo). Él eligió los 56, yo el libro completo. Nunca entendí cómo alguien puede elegir dejar una parte sin leer, como luego no entendería tantas otras cosas de él.
                Era verano, por eso me sobraba el tiempo para leer y por lo tanto me devoraba los capítulos. Lápiz en mano subrayaba la majestuosidad con la que Julio lograba describir estados mentales, lugares, olores, sentimientos (aunque para él quizá no fueran tal) y París.  En ese momento maldije no haberlo leído antes de irme y poder recorrer cada calle y cada puente con Rayuela en mi cabeza.
                Obviamente me vi identificada con la Maga, mi amiga me decía “Ay, quién no quiere ser la Maga” y… todas un poco, y a veces no. Con el chico nos quedábamos por largo rato charlando, interpretando. Nos encontrábamos en cada personaje, tratábamos de ver la Rayuela que era nuestra vida, cómo íbamos yendo a donde cayera la piedra, íbamos contemplando las mil y una posibilidades apenas pasaba el tiempo. Y, como Oliveira, un poco nos costaba ocultarnos las verdades: hablábamos todo como estos personajes que podían describirse el alma en palabras y eso nos mostraba que no siempre el alma era la imagen de palabras dulces y “divinas” (divinas de lindas y divinas de “divinidad”). Que el alma se muestra en su parte oscura, real y sincera también. Porque para mí Julio mostraba el alma en su más viva voz. Su mente y sus palabras sabían interpretar  a la perfección el puro y único deseo de ser, de plasmar tal cual era, su realidad como la veía. Ponerse un pullover, enredarse, caerse por la ventana y morir. Vomitar conejos. Continuar parques.  Y después del almuerzo.
                Un buen día se avecinaba el cumpleaños del chico que aún residía por las Europas. Él ya me había dicho que la copia que estaba leyendo de Rayuela era sacada de la biblioteca, no tenía su propia edición. Entonces comencé a cumplir una hermosa fantasía: fui a la librería y le compré el libro. Llegué a casa y se lo dediqué. Después escribí una carta de puño y letra, como lo estoy haciendo ahora donde  le decía que tenía un regalo para él y le adjunté fotos del libro conmigo y se la mandé por correo. Sí fotos del libro y yo. En la carta le decía al mejor estilo Rayuela, que tenía dos opciones: a. que le mandaba el regalo por el hermano que pronto viajaba a visitarlo; b. que lo venía a buscar a mi casa cuando volvía. Eligió la b.
                Cómo siguió la historia con el chico es un capítulo aparte, justamente hoy, en el aniversario del nacimiento de Julio le escribí “Leo Cortázar y leo Rayuela, leo Rayuela y pienso en vos. ¡Gracias!” “Gracias a vos también, fuiste mi compañera de Rayuela” me contestó. Si eso no es un final feliz…
                ¿Cómo sigue la historia con mi amiga? Me di cuenta que ella siempre fue uno de los maestros más severos que tuve y tengo pero con quien mi alma es inmensamente feliz, feliz y feliz y agradece.
                ¿Cómo siguió la historia con Rayuela? Me ayudo a subir un escalón, a trascender un momento, una etapa y así como subí un escalón, comencé un viaje hacia otra posibilidad de mirada, de escucha y de concepto. Es amor eterno y agradecimiento a abrir la cabeza, a desmitificar el amor y a darle una profundidad a los detalles. A entender la locura como un arte o el arte como locura y a licenciar y habilitar el maremoto mental.

                ¿Cómo siguió la historia con Julio? Siempre será un Maestro en mi vida. 

jueves, 21 de agosto de 2014

La Muerte

"Y muerte ya no habrá más (coma) muerte morirás. Solo un instante, una coma, separa la vida de la vida eterna"

Y aquí estoy, una hora y media después (de mirar Wit)
Esos momentos donde las casualidades no existen.
Donde las causalidades sobran y son lo más natural que te sucede.

Si vamos a cómo llegué hasta acá, abundan los datos de que la energía y el destino existe. Mi última materia me trajo, empieza desde allá hace trece años atrás la historia. Y si me quiero ir más lejos, empieza allá a los siete donde por las noches la muerte me desvelaba y se robaba todas mis angustias y mis lágrimas. Donde el miedo a desaparecer me hacía retorcer la boca del estómago, donde me costaba acallar el llanto y silenciarlo.
Allá por los siete donde sentí que la primer muerte cercana me arrancaba una parte, me desdoblaba en dos, literalmente no me dejaba dormir.

Ese terror a sucumbir en un suspiro, ese miedo a la inmensidad desconocida. Ese terror al sufrimiento, al dolor. Esa imposibilidad de entender, a tan corta edad, de qué se trataba eso que dolía y paralizaba tanto. Durante mucho tiempo rondó en mi cabeza y fui haciéndole frente a la idea. Fui buscando los caminos para entender por qué si todo era tan cíclico y tan natural era que la muerte era tan trágica y terminal.

¿Por qué, si existía un Dios (Cristiano y salvador) había que morir para vivir?
Debe haber sido desde los siete que no pude resistir tomarme esta causa como una lucha, que la vida tenía que tener un sentido más que el de vivir y morir, así, sin más.

Debe haber sido que algo me decía que las respuestas iban a llegar que nunca abandoné esta bendita vida universitaria, esta "carrera" que le llaman algunos, esta "profesión" que le dicen otros, esta "burocracia con la que hay que cumplir" en un idioma un poco más político, esta "elección de vida" en mis términos más espirituales.

¡Oh, casualidad! En el fin de mi formación profesional, de mi extensa formación universitaria me cruzo con John Donne y con su (¡oh casualidad!) duda existencial.

¡Oh, casualidad! Me cruzo con un poeta que entiende que la experiencia es la vida misma, que la experiencia en sí es una paradoja, que la fe y la ciencia no pueden sino entenderse desde las diferencias y así, ser necesarias la una y la otra para explicarse mutuamente.

Entender que la vida es una muerte constante y por lo tanto un renacer en cada despedida es entender que la paradoja es la vida misma, es la eternidad que proclamamos cuando para obtenerla debemos decirle adiós a esta dimensión.

Es saber que si no dejamos alguna respuesta sin resolver, sería todo muy fácil y mecánico y eso, a su vez, puede ser la paradoja de la existencia. 

Somos el equilibrio perfecto entre un cuerpo que es una máquina inteligente que funciona a la perfección y un universo tangible en los niveles más sutiles y extraordinarios de conciencia.

Entonces, dejaré morir a la que hace 13 años vivió para entender en una carrera que atraviesa su existencia. Lloraré cada uno de sus logros y sus fracasos y como alguien ve la vida pasarle en un minuto en sus últimos momentos, yo siento que una parte de mi se va con esta aceptación de la muerte misma.

No le perdí el miedo a la muerte, le perdí el miedo a la verdad.

Muerte, morirás y vida siempre serás.

(Link de la peli: https://www.youtube.com/watch?v=pb9bQ-I-aV4 )

viernes, 11 de julio de 2014

Universo Generoso


En este momento existo yo,
Mi cuerpo, mi ser, mi eterno interior.
No hay nada más que lo que tengo alrededor,
este es el famoso “presente”
no hay vos ni yo.

Es paradójico pero al nombrarte existís,
al pensarte te recuerdo,
al escribirte te hago cada vez más real.
No hay forma de salir de este cuadrado
en el que encerré a mi corazón.
estoy encerrada en aquel mundo de locos
en el que nos metimos los dos.

No sé por qué costará tanto llegarse a entender,
no sé dónde esta la llave para encerrar el ayer.
No entiendo los motivos de esta gran verdad,
se me confunden los valores, la sinceridad.
Ya no sé qué es bueno,
no sé qué me va  a hacer mal.
No sé qué quiero,
no sé qué quiero dejar.
No entiendo los mensajes,
no entiendo cómo puedo querer entender
no entiendo cómo trato
no me cierra el llegar a perder.

Sí sé que quiero disfrutar en paz,
Sé que no puedo dejar de incluirte en mi vida,
Sé que ahora, solo ahora siento que sin vos
ella estaría perdida.

¿Para qué tantas palabras?
Las palabras ya me hartaron,
Me llené de ellas y me abandonaron.
Sé que hay algo; algo más allá,
Más allá de vos, de mí que tiene que entrar,

No quiero escribir más,
Mis manos no pueden parar.
Sigo y sigo, no sé dónde está el final
¿dónde está tu hartazgo?
¿dónde tu explosión?
¿dónde tu reflexión? 
¿dónde tu amor?

Quiero entender y otra vez lo repito
“entender” ya entendí que no entiendo nada.
Y que desde que te conozco lo único que hago es tratar
Que entiendo, entiendo y después me quiero matar.
Yo entiendo, tu entiendes…
No lo creo.

Entiendo, entiendo.
¿En qué parte de mi cuerpo se conjuga el verbo “entender”?
¿En mi corazón o en mi mente?
Es ella la que no quiere ceder.
Está tan llena, tan llena
que no puede pensar más.
No se puede liberar.

Mirá cómo sos, no podés parar
¿Cuándo llegará el día en que dejes de girar?
Máquina fantástica baja la velocidad
sino todos tus tornillos se echarán a volar
y no quedará ni uno que te haga funcionar.
Y si tu mente no funciona,
serás una máquina de matar
Empezarás por ti misma, luego los demás.
Máquina fantástica,
entiende de una vez
que si tu no sobrevives, nadie lo hará
si tu no comprendes, nadie lo hará por ti.
Por favor siente la paz de la vida hermosa
De tu entorno genial
De tus días de furia
De tu esfuerzo mortal
De tus mayores logros
De tus ansias de libertad
Mira lo bueno
Lo bueno de amar
Es hermoso eso y tu lo sabes dar
Vamos, tu puedes, de una vez por todas dejar de pensar.
Es tu mayor función y lo haces hasta cuando soñas
Pero el pensar tiene un límite
Y ese límite es cuando se empieza a

AMAR.

martes, 8 de julio de 2014

Pies de Colores

Yo sabía que quería estar más en casa. Que tenía ganas de trabajar de algo donde yo decidiera mis tiempos, mis ganas, un trabajo que sea 100% placer. Me resignaba a la idea de que todo intercambio monetario en algún punto del trayecto se convirtiera en un peso, un tedio, una cosa que, de no ser por el dinero, no haríamos definitivamente.
 
Sabía que quería esos almohadones tejidos de colores, me encantaban para mi casa. Empecé a averiguar precios, me parecían carísimos, dije “no, de ninguna manera. Esto no debe ser tan difícil de hacer.” Ahí descubrí que existía un producto que se llama “totora” que es tela ovillada (cualquier tipo de tela: modal, polar, lino, acetato, etc.). Qué casualidad que justo a la vuelta de mi casa estaba quien luego sería mi principal proveedor de materia prima: Lo de Omar. No dudé fui me compré totoras y la aguja que hiciera falta para empezar a tejer.

No sabía tejer a crochet. Siempre tejí bufandas a dos agujas, siempre recto y sin mucha vuelta. Para mí el crochet no solo que no era lindo, sino que era imposible “¿¡Tejer con una sola aguja?!”. Recurrí a revistas, impossibe. No entendía nada. Recurrí a mi amiga hermosa -la Negra- y le dije “necesito empezar a tejer a crochet, enseñame el básico” Y así fue que en un viaje a La Caleta hice mi primer circulazo, todo medio chingado, probando aumentar, disminuir, etc.

Feliz. Un mundo nuevo empezaba, ¡sabía tejer a crochet!

Así comencé a hacer las primeras alfombras de totoras. Me copé con los colores. ¡Venían unos colores tan divertidos! Y mi cabeza empezaba a tener ganas de más, algo me decía “¿y si hacés esto? ¿Y aquello?

Pero claro, tenía limitaciones. No sabía más que un punto, aumentaba y disminuía como me parecía. Entonces descubrí a mi maestra “nanocreaciones” en youtube. Ella me enseñó casi todo, ¡y no lo sabe! Ahí empecé a hacer cuadrados, rectángulos, colores fluorescentes (cuando todavía no estaba tan de moda). Me empecé a enamorar de las alfombras, me enamoré de poder plasmar mi imaginación y creatividad. En darme cuenta que lo que recreaba en mi cabeza, podía hacerlo realidad.

Cuando tenía una pila de diez alfombras empecé a pensar que, o hacía algo con eso o me iban a internar en un psiquiátrico. Oh casualidad Pies nació ya cansada de un año de trabajo que no me dejaba mucho aire a que saliera otra parte de mí.

Me encuentro con otra amigaza de la vida -la "Vacota"- que hacía feria, “Venite,” me dijo.¡Y dale! ¡Me animé! Ahí empecé a jugar: posapavas, paneras, cajitas, mi bolso. No me animaba  al bolso y me hice el mío y obvio hizo furor y me encargaron varios.

El comienzo de una historia Genial. La historia de Pies. Quería ponerle desde el principio ese nombre, pero pensé otros. Cuando me decidí mi hermano me hizo como tres tarjetitas. De hecho la original dice “ALFOMBRAS” como algo que predominaba, pero no iban a ser las protagonistas.

Con el tiempo hice bolsos, después cartucheras y con las cartucheras tuve que aprender a coser cierres, cosa poco fácil. Con las carteras me di cuenta que necesitaba una máquina, que necesitaba comprar en la casa de cueros. Que tenía que buscar la manera de que no sea tanto trabajo, pero también sí. Empecé a hacer pantuflas y fueron un éxtio, y las cartucheras también, y los bolsos también. Y yo no me daba mucho cuenta de nada. ¡Ah! También siempre supe cómo quería que fuera mi packaging. Quería bolsas de colores y nunca dudé que las haría yo. Me compré una máquina de coser para hacerlas.

Y un buen día, otra hermosa amiga me preguntó si me animaba a hacerle los souvenirs de cumpleaños de su hija. Los famosos pollitos/pajaritos. Le dije que me deje probar a ver si me salía. No dudé, fue un sí y otro portal de traspaso a un mundo nuevo y hermoso.

Los pajaritos y el mundo de los amigurumis.

Y me fui al mar. A tejer al mar. Y sin trabajo, este era mi único trabajo. Tejí en el departamento la primer jirafa. En ese departamento que aunque por unos diez días nada más fue mi casa, me refugió en momentos importantísimos. Nunca dudé que estaba en mi casa. Tenía mis banderines, mis frascos, mis lanas, mi computadora. Y empecé a probar: el chancho, el pulpo, la jirafa, el osito. En la caleta el pingüino, la vaca, la oveja.
En la caleta la lana, las dos agujas. Aprendí a hacer trenzas a dos agujas, a hacer vinchas, gorros, chalecos, mitones. Los mitones fueron otro exitosísimo hermosor.

Hoy, todo ese trabajo hecho en la caleta tuvo su recompensa porque casi nada me queda de eso, lo vendí. Y lo que no, lo regalé.

Hoy tengo un trabajo donde tengo un montón de trabajo, pero si me tomo mi tiempo, si no miento al decir que no es mi único trabajo y por eso no puedo tardar menos. Pies de Colores es el compromiso con vibrar colores mientras se crea. Con amar cada tejido siendo consciente de que es para alguien: esa jirafa, ese conejo, esa pantufla, esa manta va a significar algo. Quiero que Pies siempre trate de estar intacto y feliz con su universalidad y alegría. Por eso no elijo hacer más pero con menos amor, por eso elijo hacerlo yo. Porque Pies de Colores no es una idea, un tejido, un trabajo hecho a terminar. Pies es mucho disfrute justamente por la manera y estado en que se hace.

Pies se medita, se vibra, y luego, se plasma.


Gracias universo por este hermoso regalo y a todos ustedes por hacerlo seguir caminando.

martes, 17 de junio de 2014

My Miyagi, Language IV

Hace casi dos años (a mediados del 2012) estaba por desistir de rendir Lengua IV. Se me estaban acabando las energías, los deseos, la comprensión de ¿para qué? Pero a la vez estaba terminando de cursar una de las materias más densas de la carrera. A la vez estaba convencida de que al año siguiente no vivía más acá. A como diera lugar estaba decidida a que terminaba a distancia o terminaba en la universidad de allá. Papeles pre-inscripción en mano, averiguaciones de equivalencias, llamados telefónicos, deseos de mandar todo a volar de una buena vez. Pero persistí, perseveré, algo me guiaba más allá de todo y un día me dí cuenta que las señales sobraban.

Cuando decido que rendir la “descarga parcial de contenidos” era en vano, que ya no quería saber más nada con estudiar, con esta materia, con nada, en el mismísimo momento en que apilo las fotocopias para retomarlas "en otro momento," suena el teléfono: “Hola, Silvana, soy Sole tu compañera del taller de Lengua IV. Me escribiste que no vas a rendir, la verdad es que… ¡dale, vamos! ¡No perdemos nada! El "no" ya lo tenemos. Yo estoy como vos, soy más grande que vos, hace siete años que la vengo rindiendo, ahora me estoy por casar, no doy más, pero ¡vamos! A mi se me vence. Mirá, yo soy muy creyente y creo que por algo Dios te puso en mi camino, nos cruzamos, dale vamos.” Me siguió hablando de un montón de cosas muy ciertas, de cuánto lo habíamos tratado en terapia, de cuánto miedo le teníamos a esta materia, de lo poco que perdíamos presentándonos. Me quedé muda, sin saber qué contestarle, me pareció un acto de amor enorme, un acto de amor simple, un deseo de verdad de que no me rinda. Un pedido de acompañar, de “si te animás vos, yo me animo.” 

Y así fue que no archivé las fotocopias y al día siguiente me levanté y fui a rendir. Estaba ella, claro. Escribí, tratando de evadir todo el maremoto de pensamientos que implicaba estar ahí de vuelta, por quinta o sexta vez, ya no me acuerdo. Y saber que eso no era el final. Que aprobar eso todavía no significaba haber resuelto el karma, no significaba que iba a poder dejar de remar con la fuerza que venía remando. Significaba que si aprobaba se venían los rápidos y el momento donde la mente más clara y sana iba a tener que estar para no sucumbir.

Ese lunes rendimos el escrito, el ensayo. Me pedí los días en el trabajo y me interné a estudiar la teoría que se rendía el jueves. Traté de solo pensar en teoría.
Llegó el día y voy a la facultad al encuentro de Sole y de mi pequeño angel/demonio que siempre estuvo allí desde mi vuelta a la facu. Dieron la lista de aprobados, ninguna de las tres aparecía. Nos miramos. La profesora dice “ah, no y Mucelli, ¿quién es Mucelli? You passed (aprobaste).” Mi mundo se dio vuelta en un segundo. La historia por primera vez no se repetía. El universo me había mandando un angelazo para decirme que era el momento para rendir, y ella, ella desaprobó. Y no sólo eso, sino que después de eso casi no la vi más. Pero le agradecí mucho o espero haberlo hecho, porque de no haber sido por Sole yo nunca hubiese ido a rendir, y no hubiese aprobado esa instancia. Tampoco sé hoy si aprobó. La llamé, la llamé, le escribí pero estaba por casarse y después de todo no éramos muy amigas. 

A los tres meses, dos, no recuerdo, la rendí. Rendí el final. Lloré tanto, tanto ese año, no creyendo que me fuera posible superar tamaño obstáculo.
Pensar que en ese momento solo le pedía a la vida aprobar Lengua IV. Le escribí a Sole para agradecerle, para contarle.

Hoy, casualmente, hace dos años de eso y uno que me estaba empezando a volver de Mar del Plata. Qué casualidad, ¿no? Dos momentos donde el universo me mandó señales claras de por dónde tenía que ir mi camino.

Y siempre y como siempre confié, confié con mucha fuerza en que todo iba a estar bien.


sábado, 14 de junio de 2014

Servicio

"Ninguna celebración está completa si carece de espíritu de servicio. Debemos compartir con los demás todo lo que recibamos, pues en el dar, recibimos. En esto radica la verdadera celebración. La felicidad y la sabiduría deben proliferar; eso sucede cuando la gente se reúne en el Conocimiento." 

- Sri Sri Ravi Shankar - 11/06/2014 

“Dormía y soñaba que la vida era alegría, desperté y vi que la vida era servicio, serví y vi que el servicio era alegría” (Rabinbranath Tagore)

“¿Qué puedo ofrecer yo a todo esto?

Nunca antes me había preguntado qué es el servicio. ¿Qué es servir? Esa palabra para mí se asociaba a un “sirviente” alguien que está ahí para servirnos por obligación, porque le corresponde, porque nació de una manera u otra, porque el destino quiso que le tocara nacer de un color en un país entonces estaba destinado a “servir”. Eso siempre fue lo que mi mente asoció al servicio. Nunca me gustó mucho la palabra, aunque la usaba y era parte de mi cotidiano en cuanto al “servicio doméstico” por ejemplo, había algo que no terminaba de convencerme, que no me cerraba. Un siervo, ese que antaño no tenía opción más que servir a quién lo obligaba a servirle. Y qué loco, ¿no? Que “SER- VIL”( Vil: dicho de una persona que falta o corresponde mal a la confianza que en ella se pone). Y le llamamos “servil” al “bajo, humilde y de poca estimación.” ¿Y no fuimos nosotros los “viles” que como sociedad no entendimos nunca el servicio? Luego la iglesia católica y seguramente muchas otras religiones se adueñaron de la palabra, planteando al servicio como un conjunto de acciones que garantizaban nuestro lugar en el cielo, nuestro visto bueno de Dios, nuestro lugar sano y querido en esta vida terrenal que nos tocaba.

Pero hasta que no aparecieron los humildes de verdad, esos que nacieron avocados al servicio genuino que nace desde el más puro amor y la Verdad, no hicimos más que arrastrar esa palabra década tras década, dejándola ahí sola, como una cosa casi despreciable.

Servicio es ser desprovisto de “pare.ser.” Servir al prójimo desde el amor que sabemos que emana ese acto de sonreír, de ayudar, de abrazar, de proveer lo que me nace, me sale. De ver lo que el otro necesita y sin esperar conocerlo, no conocerlo, amarlo, no amarlo simplemente entregar lo que el universo nos regala para que usemos libremente y reproduzcamos que es el Amor y la Verdad. Y ¿qué es el servicio sino Amor y Verdad? Cuando el servicio carece de Verdad, de Amor y de Humildad deja de serlo para transformarse en una espera de reconocimiento “mira qué buena que soy, todo lo que te ayudo”; “mira cuánto sacrifico por vos, espero que cuando a mí me pase algo…”
Deseo que cuando a mi me pase algo, tu corazón se ablande tanto y vibre con tanta verdad y amor que solito el quiera servirme y ayudarme en lo que necesite. Deseo que si alguna vez necesito, espero o me equivoco puedas con una sonrisa enorme y desde el amor abrazarme y explicarme y ayudarme a entender.

Muchas veces el servicio es difícil de explicar, porque quien no experimenta el placer enorme de servir y ver cuánto nos devuelve el Universo por eso, difícilmente entienda que servir no es una pérdida de tiempo ni un gasto de energía. Por eso el servicio se practica y no se predica. Se sonríe, se abraza, se explica, se comprende. Servir también es silencio y sabiduría y mucha firmeza y eje de no confundirnos.

Compartir, experimentar para que nos sirva a todos, comunicar las experiencias para poder abrazar desde el Dolor, desde la Alegría, desde lo más sutil que nos toque.

Entregarnos al servicio del Amor y la Verdad para que solo eso exista en nosotros. Sabiendo que cada pedacito de servicio puede ser lo que impulse a otro a entender lo que servir significa.

martes, 10 de junio de 2014

La vida en Bondi II

No vamos a mentir, la vida en auto es maravillosa. Vas de aquí para allá sin problemas, con música fuerte cantando a los cuatro vientos. Calentita en invierno, con aire en verano. Maquillándote en el camino si no llegaste, comiéndote alguna galletita. Escuchando la radio y riéndote. Contemplando a la gente desde el lugar de conductor. Teniendo más tiempo para ir de lugar a lugar, dos mates más para tomarte antes de salir o quince minutos más de sueño.

Pero la verdad es que la vida en bondi, cuando no es el cotidiano, se disfruta. Salir cual boyscout con todo en la mochila a cuestas porque el día no termina hasta la noche: cargás agua, computadora, agenda, hilos para tejer en el flor de viaje que te espera. Vas con todo a cuestas y el calor empieza a subir, y empezás a chivar de una manera, pero no estás en el auto que te sacás la campera, la tirás en el asiento del acompañante y listo. NO. Tenés el celular en el bolsillo, el cable del auricular que te atraviesa, la bufanda, la mochila que pesa bocha y ¿llevar la campera en la mano? Seguís caminando y pensás “ya llego, no falta nada.” Y la verdad que, de vez en cuando, hacer la vida que uno no hace más está bueno; reencontrarse con la parte placentera de esas cosas.

Y mirás y observás y podés hacer algo mientras te transportás. Si lo pensás es la excusa perfecta para un pequeño ocio diario. O un tránsito con más posibilidades, porque cuando se maneja, solo se debería poder cantar, pero hay que prestar atención, en el bondi eso es optativo. You choose.

Debo haber preparado materias arriba de los bondis, terminé novelas, tejí amigurumis. Imaginé las historias más geniales mirando por la ventana con la frente apoyada sobre una ventana y los lentos del teléfono. Amé siempre viajar en micro cuando esta vacío y me siento. Y sé que me espera un momento para mí, para mi pequeño mundito. Un momento donde también se puede hacer un stop y disfrutar. Cerrar los ojos y dejar que el sol te pegue en la cara. Eso no se puede hacer en el auto. En el viaje en bondi canté en River, filmé un videoclip, canté en bandas heavy y tuve mi bandita de cumbia. También toqué con mi guitarra sola al mejor estilo “Ella baila sola”. Con la música en los oídos los viajes son aún mucho más placenteros.

Y llegás a destino con la ropa toda empapada y cuando lográs aclimatarte te moris de frío cuando la transpiración se fue. Y al ratito empieza de vuelta, el mini viaje por la realidad elegida. Te podés quedar acá o ir un poco más allá.

En el segundo día todo fue mejor aún. Esta vez el viaje es solo a la facultad. Implica menos cosas, otro ritmo, otro sabor. Si no llego es una falta, pero no al laburo. Si llego tarde, quedo mal, pero ¡qué más da! Hago lo que puedo. Te acordás de que tus tiempos dependen de que el bondi llegue en la hora que debería, pero eso nunca sucede. Pero como hacía mucho que no te pasaba, te relajas y disfrutas. Solo dura unos días.

Pero sí, uno llega más cansado, más tarde y no llegué de un lugar a otro. Sin el auto una de esas dos actividades tendría que ser cancelada.

Y sonrío. Y me divierto. Y digo gracias. 
Y me acuerdo que siempre todo va a estar bien, 
que la diversión y la paz están adentro, 
que el paraíso siempre está, 
solo hay que aprender a verlo.

Happy Anahata to you!